Una ciudad se define, entre otras cosas, por la calidad de  su  espa- cio público. De los lugares de convivencia y relación que en ella se produzcan, más o menos ama- bles, dependerá mucho la sostenibi- lidad ambiental, económica y social y, en definitiva, la calidad de vida de sus ciudadanos. Y son esos  luga- res singulares, propios de cada sitio, e irrepetibles, los que en un mundo cada vez más globalizado nos hacen diferentes y por tanto atractivos. Generan identidad entre sus ciudadanos y conforman nuestra memoria. Porque la Arquitectura es la creación de luga- res, pero también es la creación de memoria, y el papel de la ciudad está profundamente entrelazado con estos dos conceptos: el físico y el emocio- nal. Nuestros recuerdos proceden de lugares al menos tanto como de en- tornos construidos. Acabamos de ver- lo con la triste noticia del incendio de Notre Dame de París. La arquitectura y el paisaje urbano tienen un profundo valor simbólico, en muchos casos más inconsciente que consciente. Lo que “siempre ha estado ahí” lo damos por obvio sin darnos cuenta, hasta su pér- dida, que forma parte de ese intangi- ble que es nuestra identidad. Cuando la Arquitectura se conjuga bien para hacer lugares, el resultado es mucho más rico de los que lo hacen por sí so- los. Y eso es la Ciudad, unas con más o menos acierto que otras; Oviedo no iba a ser menos.

Hay un Oviedo escondido que guarda muchos placeres, secretos y sorpresas para el paseante que sabe descubrirlo. La arquitecta Sonia P. Landázuri propone propone este recorrido para tomar conciencia de los jardines de la ciudad histórica.

Nuestra ciudad histórica, de origen eclesiástico, tras el incendio de 1521 y la ubicación de la Junta General del Principado, atrajo a la nobleza rural, que se trasladó a ella, dejando su huella a través de diferentes arqui- tecturas residenciales palaciegas así como la fundación de la Universidad, en el extramuros. Y es entre las calles que conforman sus muros donde ha- remos nuestro recorrido sobre los jar- dines secretos de la ciudad histórica de Oviedo que, en muchos casos, ni son jardines ni son secretos. Nos va- mos de paseo para tomar conciencia colectiva de esos lugares que “siem- pre han estado ahí” y, bien por escasa accesibilidad, o bien porque forman parte de nuestro paisaje diario, casi ni nos damos cuenta de su existencia.

VISTA AEREA

Demasiadas verjas cerradas impiden su disfrute.

Y si no fíjense en el Colegio de las (huérfanas) Recoletas, anexo al edifico histórico de la Universidad de Oviedo, sede actual del Rectorado. Lo vislum- bramos desde la calle Principado pero únicamente se accede a él a través del claustro del edifico histórico. Juan del Rivero proyectó este edificio con jar- dín trasero donde, desde mediados del siglo XVII, mujeres con escasos posibles, pudieron formarse en la que durante mucho tiempo fue la única escuela para mujeres de Oviedo. Un lugar, rodeado de historia, donde disfrutar de una lectura al fresco en una tarde de verano.

Al salir de la Universidad, nos dirigiremos a la calle Altamirano, donde tras una reja apreciaremos el jardín trasero del Pala- cio de Malleza Toreno, obra de Gregorio de la Roza, a finales del XVII, actual sede del Real Instituto de Estudios Asturianos, RIDEA. Pena de verja que no permite, ni siquiera durante el día, acceder al jardín y dejar pasar el tiempo.

Seguimos calle arriba, cruzamos Ci- madevilla y nos adentramos por la calle San Antonio, dejando a un lado el jardín del Palacio de Velarde, obra de Manuel de la Reguera, y en la actualidad infranqueable, física y visualmente, debido a una frondosa hiedra que impide toda visualización. Bien podría ser esta una ampliación del museo, con obra de exterior, que permitiera su deleite al aire libre.

En frente, conformando el cruce conocido como los Cuatro Cantones, nos encontramos con el Martillo de Santa Ana, que, si bien no es un espacio público, como los anteriores y siguientes, bien merece un acuerdo entre Arzobispado y Ayuntamiento para que, mientras no se edifique en él, pueda utilizarse este espacio como un jardín, recogido tras el muro que mantiene la traza urbana histórica, en un espacio que invite a la reflexión y meditación, tan propio de la religión católica.

Continuamos la calle para cruzar la Corrada del Obispo y encontrarnos con la Casa del Deán Payarinos, obra de Juan Miguel de la Guardia, actual conservatorio de música que, por necesidades de programa consumió mu- cho de su jardín trasero, pero todavía conserva algo sobre la Muralla. Este espacio, inaccesible si no es desde el Conservatorio, bien podría convertirse en un espacio público de conexión con la Fábrica de Gas y su futuro uso para la ciudad, poniendo en valor la abandonada Muralla.

Giramos a la izquierda para viajar en el tiempo, o eso es al menos lo que yo experimento siempre que paso entre las piedras históricas de la arquitectura que da forma a la calle San Vicente. Seguimos sobre la Muralla, y al igual que en el Conservatorio, la parte del Convento de San Vicente, hoy Facul- tad de Psicología, también dispone de algún pequeño jardín sobre la muralla, de uso residual al que habría que darle una mejor accesibilidad. Esperemos que con la actuación sobre la Muralla se tengan en cuenta estos tesoros.

Por último, volvemos nuestros pasos por la misma calle, bordeando el conjunto catedralicio por la deliciosa travesía de Santa Bárbara, donde de nuevo nos encontramos con espacios enrejados, que bien conformarían unos apetecibles jardines entre ruinas, al estilo romántico, para la estancia y contemplación de la historia eclesiástica de nuestra ciudad. Y tras pasar por delante del acceso a la Catedral, y adentrarnos en la calle del Águila, podemos contemplar otro de los jardines que dejamos de lado a menudo, y poco nos fijamos en él, entre otras cosas porque estuvo  cerrado  hasta hace unos años. El jardín de los Reyes Caudillos, levantado en 1942 para conmemorar el XI centenario de Alfonso II El Casto, representado en la estatua de la entrada, y que nos sirve de paso para acceder a la joyita no suficientemente valorada, Iglesia de La Corte que bebe de la influencia palla- diana del momento, interpretada por Juan del Ribero Rada, allá por el siglo XVI. Sobre el muro que linda con el Convento de San Pelayo, que también trasluce un interesante jardín, se recorre la historia de los doce reyes que tuvo el reino de Asturias. Es posible que el objetivo con el que el recién instalado régimen gobernante en la España del 42 lo levantó provoque el rechazo de algunos ciudadanos, pero no por ello deja de ser un espacio de deliciosa contemplación del entorno histórico que lo rodea, necesitado de un mayor horario de visita y un rediseño más amable para el ciudadano.

Y acaba aquí, con la Catedral de El Salvador como fondo de escenario, nuestro paseo por todos estos espacios, invitándoles a encontrar algún banco público que les permita descansar y reposar el recorrido. ¡Difícil tarea! Lo que invita de nuevo a una reflexión sobre la calidad y amabilidad de nuestro espacio público. Y qué mejor pegamento que la Historia Urbana de Oviedo para establecer una red de lugares para el disfrute. Antecedentes tenemos. Valga como ejemplo la obtención para la ciudadanía del jardín del Palacio del Marqués de la Rodri- ga, otro jardín “secreto” gracias, entre otros, al trabajo de mi buen amigo Ricardo Caballero. Pena que en el recorrido de hoy nos quede a desmano, Porque al igual que en el siglo XIX se derribaron murallas, ya va siendo hora que en el sigo XXI abramos estas verjas para el disfrute de la ciudadanía. Porque una ciudad abierta es una ciudad más rica.

Sonia P. Landázuri